sábado, 23 de enero de 2010

LOS ELEFANTES ROSAS

Verónica soñaba con elefantes rosas con orejas grandes y barrigas redondas. Se despertaba en medio de la noche con un sudor frío que le recorría la frente y con ganas de llorar.
Isabel, en la cama de al lado, se dormía tapando el rostro con los brazos, como si así pudiera evitar que los demonios de su cabeza la vieran y se la llevaran para siempre.
A veces Isabel tenía demasiado miedo y se metía en cama con Verónica. A veces era Verónica quien no aguantaba las visiones de aquellos animales rosas con sonrisas siniestras y despertaba a Isabel para que se metiera en su cama.
Cuando a Verónica le subía la fiebre los elefantes rosas se volvían más gordos y espantosos. Tan redondos como inmensas pompas de jabón, y flotaban por sus sueños sonriendo.
Aquella habitación grande siguió llenando las noches de espantosas visiones de monstruos y fantasmas durante mucho tiempo. Cuando Verónica tiene una mala noche todavía puede sentir la presencia de esa multitud de pesadillas infantiles con animales gigantes y diablos rojos. Un escalofrío le recorre entonces el cuerpo, y Verónica tiene miedo. Es el mismo miedo de los ocho años. El mismo miedo de los diez. Es el miedo que ahora la atormenta con veinticuatro.

jueves, 14 de enero de 2010

La cola del ambulatorio


Lo peor eran los análisis de sangre y las vacunas. Las vacunas dolían y los análisis daban grima. Además las enfermeras eran prepotentes y querían acabar rápido. Sólo cuando te desmayabas se preocupaban por ti, y te llamaban bonita, y decían que comieras chocolate y te acostaban en una camilla.
En el ambulatorio siempre había mucha cola y la mayoría de las personas que esperaban eran señoras viejas. No viejas porque tuvieran muchos años, que, sin duda, los tenían. Sino porque vestían como viejas, se peinaban como viejas, hablaban como viejas y olían como viejas. Seguramente habían sido viejas la mayor parte de su vida. Seguramente a los cuarenta años ya eran viejas.

lunes, 4 de enero de 2010

CINCO DE ENERO


Hoy, cinco de enero del 2010, decido de una vez y para siempre inaugurar La Habitación Verde.

Un cinco de enero- dicen las enciclopedias y la Wikipedia (esa página que nunca aparecerá en las bibliografías de los trabajos pero a la que siempre, siempre se recurre)- abdicó Ramiro II de León. Fue también un cinco de enero cuando desembarcó en México Fray Bartolomé de Las Casas, cuando nacieron Jorge Juan y Juan Goytisolo, y también Umberto Eco o Pablo Gargallo.

Hace unos catorce o quince años, cuando ni siquiera existía la habitación verde y yo todavía llevaba chichos en el pelo, era la noche más emocionante de todo el año porque era la noche de los Reyes Magos.

Ahora, que ya no llevo chichos en pelo y tengo mi propio habitáculo (verde), el cinco de enero es, casi, un día más.
Y hoy, además, me acuerdo de Ella. De esa persona que debería estar aquí. Porque ya me había olvidado de cómo eran las Navidades sin estar a su lado. Hace poco alguien me dijo “será una de tus mejores amigas, pero la ves mucho menos que a cualquier amiga”, como si resultara extraño que pudiera quererla tanto. Es cierto: la veo poco, y cada vez, con esto de hacernos mayores, la veo menos. No está para salir de fiesta, para decirme que no estudie y salga a las cinco de casa porque ella se aburre en la suya. No está para abrazarme, ni para poder mirarla mal cuando la situación lo requiere. Ni siquiera está para decirme “qué paciencia tengo que tener” o mandarme callar. Pero, curiosamente, es una de las personas que siento más cercanas en mi día a día. Y la que me fuerza a abrir la llave de la habitación verde. Pronto hará cinco años que nos conocemos, y no sólo tenemos planes de futuro en China, sino que además tenemos un pasado para escribir tres volúmenes grandes del libro más enloquecedor del mundo. Eso sí, con un título, cuanto menos, prometedor..

blog inaugurado!:D